El Mandala como una Cartografía del Alma

Mandalas 1 y 5. Espacio, presencia y ciclos. © Carlos Benítez Estévez · Uso no autorizado prohibido.

El 6 de mayo de 2025 escribí en mi diario lo siguiente:

“Hoy, en la meditación, he invitado al inconsciente a ofrecerme una imagen que refleje o manifieste el estado actual de mi alma, y esta se ha expresado en formas geométricas que, unidas, me han recordado a un mandala. Sin pensarlo, lo he trazado espontáneamente. Al contemplarlo, algo se ha colocado, algo se ha movido.

Esto me hace sentido con la idea que lleva rondándome la cabeza varias semanas, desde que leí a Carl G. Jung y su relación con la simbología, el proceso de individuación y la importancia que tuvo el mandala en su propio viaje interior.

He pensado en realizar una práctica de autoexploración a través de la meditación y el mandala espontáneo durante 21 días. El fin último es ofrecerle al alma un espacio sagrado en el que expresarse, sin juicios, sin imposiciones, sin máscaras. Descubrir qué partes internas lideran más, cuáles callan y necesitan ser escuchadas. Recuperar del exilio aquellas que un día se vieron relegadas al olvido, por supervivencia, adaptación y pertenencia.”

Recuerdo que, siendo muy pequeño — quizás 5 o 6 años — , hice algo que provocó el primer regaño de mi madre. Esa es la imagen que me devuelve el inconsciente cuando pienso en el sentimiento de culpa: ser, hacer algo desde la inocencia, probablemente explorando, y recibir por primera vez un límite. Pero la escena no termina ahí. Se dilata. Veo a mi niño saliendo al terreno frente a casa, buscando algo: una forma, un lienzo natural.

Encuentra una piedra redonda y lisa — bastante lejos del mar, y sin embargo, ahí estaba — . La recoge. Luego busca una caja de acuarelas, agua, un pincel, y se sienta en el porche. Moja, pinta, mezcla colores. Al terminar, le entrega la piedra pintada a su madre como ofrenda, perdón y regalo.

Quizás ahí se sembró el patrón de “hacer algo a cambio de sentirme amado”. Y también fue, probablemente, el primer acto sagrado entre la creatividad, la naturaleza, el símbolo, y yo. El primer momento donde el arte se convirtió en puente.

Trazar formas geométricas sentidas desde la espontaneidad, combinar colores nacidos del presente, no juzgar el resultado, cuidar el proceso, disfrutar el camino. Todo eso ya estaba ahí.

No fue hasta los 17 años, en plena crisis existencial, que regresé a la forma. Mientras mis amistades continuaban la línea marcada — acabar bachillerato, elegir carrera, proyectar el futuro — , yo elegí salirme del sistema y viví un año “sabático”. Me relacioné con el aburrimiento. Y ese aburrimiento me llevó a crear: exploré la música, el diseño, las formas, los colores. El tiempo desaparecía. Solo existía el instante. Eso me condujo a formarme como diseñador.

Hoy hace 14 años que me dedico a la creatividad. En todo ese tiempo he trabajado con formas geométricas y orgánicas, con gamas cromáticas, degradados, materiales y símbolos. Pero siempre supe que faltaba algo más profundo. No sabía cómo acceder a ello. Solo intuía que, a través del arte, se podía llegar más adentro.

No ha sido hasta estos últimos tres años — formándome como Terapeuta Transpersonal — que por fin todo encajó. Mi experiencia con la forma, unida a la mirada simbólica, espiritual y terapéutica, le dio sentido a mi camino.

Necesitaba contarte esto para que puedas entender cómo llegué aquí. Cómo llegué al mandala, a los colores, a la geometría viva que se revela en el círculo sagrado. Cómo descubrí que cada forma contiene información, y cada trazo puede ser expresión del alma.

¿Por qué pienso que el mandala es un reflejo de la vida humana?

Mandalas 5 y 7. Umbrales. © Carlos Benítez Estévez · Uso no autorizado prohibido.

Porque habitamos un plano de formas. Vivimos nuestra existencia contenida en una esfera. Un círculo que nos sostiene, que nos da marco y límite. Allí se expresa todo: el caos y el orden, la belleza y la herida, el frío y el fuego, la luz y la sombra. Para el alma poder manifestarse en este plano, necesita un contenedor. Al trazar un círculo, le estamos ofreciendo un espacio seguro desde donde expresarse en formas.

Durante 21 días me senté a dibujar un mandala al día. No desde el deber, sino desde la escucha. Cada trazo fue un espejo, una voz interna, un mapa. A veces era claro. A veces, incómodo. Pero siempre fue verdadero.

Pronto comprendí que la espontaneidad no es caos. Es una forma de amor que pide espacio para existir. Aprendí a mirar al “serio”, a esa parte estructurada de mí, no como enemigo, sino como protector que puede aprender a confiar.

Mandalas 12 y 13. Elementos internos, luz que se proyecta. © Carlos Benítez Estévez · Uso no autorizado prohibido.

Mi luz también se hizo presente, con fuerza. No solo para ser compartida, sino también para ser protegida con conciencia. Porque hay miedo a brillar demasiado, a desbordar, a cegar. Porque la fuerza interna ha estado ahí, contenida por mecanismos muy antiguos, muy sutiles.

Descubrí que crear también es escuchar. Que forzar no es lo mismo que expresar. Algunas formas nacen desde el pensamiento; otras, desde lo sagrado. El símbolo pierde fuerza si se impone desde la mente. Pero cuando se canaliza, abre una puerta que va más allá de uno mismo.

Comprendí que nacer con autenticidad es un impulso legítimo. Y que nacer no es solo brotar: también es honrar el útero que nos sostuvo. Hay semillas que aún no germinan. Algunas solo necesitan ser reconocidas como lo que son.

Mandalas 14 y 18. Umbrales. © Carlos Benítez Estévez · Uso no autorizado prohibido.

El mandala me mostró cómo los elementos internos se hablan: fuego y agua, tierra y aire. La desgana, el vacío, la incomodidad… también tienen voz. También dibujan.

Hay partes de mí que quieren transgredir, y otras que temen hacerlo. Ambas merecen escucha. Otras solo desean brillar con ternura y juego. El masculino interno no es solo acción: también puede ser presencia, alegría y sostén.

En los últimos días, algo se ordenó desde lo profundo. Emergió el arquetipo de la madre. Floreció. No como una imagen ideal, sino como una fuerza que nutre sin moldear. Y ahí entendí algo más: que ya no solo me expreso desde dentro. Ahora soy parte del mundo. Ya no escondo. Ya no evado.

Mandalas 20 y 21. Florecimiento. © Carlos Benítez Estévez · Uso no autorizado prohibido.

La integración no se logra. Ocurre. Cuando las partes bailan juntas, aunque no se entiendan del todo.

Y así, al final del ciclo, comprendí algo que no sabía que sabía: la luz que soy no necesita permiso. Solo necesita espacio en mí, para expresarse.”